jueves, 21 de noviembre de 2019

A cada cerdo le llega su San Martín

Desde hace muchos siglos se tenía el convencimiento de que la mejor fecha para realizar la matanza del cerdo era alrededor de la festividad de San Martín de Tours (11 de noviembre), debido a que era habitual que durante los días anteriores y posteriores se diera un curioso episodio atmosférico por el cual las temperaturas subían unos cuantos grados y daba la sensación de estar disfrutando de un veranillo, nombre que se le da a este tipo de situaciones cuando ocurre en fechas no estivales.
La semana de San Martín, previa a la llegada de los días de más frío y las nevada, era la elegida como perfecta para realizar el sacrificio del cerdo, del cual se sacarían un buen puñado de provisiones alimentarias en forma de carne y embutidos para pasar todo el invierno y gran parte del año, así como para poder comerciar en los mercados.
El cerdo era un animal concebido para el engorde y posterior matanza, por lo que de forma natural nació la expresión «a todo cerdo le llega su San Martín», de la que no se tiene una constancia de cuál fue la fecha exacta en la que se originó, pero existen múltiples escritos en las que aparece. Uno de ellos es en la obra de Francisco de Quevedo La vida del Buscón, publicada en 1626, en la que ya aparece en la forma de «a cada puerco le viene su San Martín»:
–    ¡Vive Dios! –dijo el corchete–, que se lo pagué yo sobrado a Lobrezno en Murcia, porque iba el borrico que me remedaba el paso de la tortuga, y el bellaco me los asentó de manera que no se levantaron sino ronchas.
Y el portero, concomiéndose, dijo:
–    Con virgo están mis espaldas.
–    A cada puerco le viene su San Martín –dijo el demandador.
–    De eso me puedo alabar yo –dijo mi buen tío– entre cuantos manejan la zurriaga, que, al que se me encomienda, hago lo que debo. Sesenta me dieron los de hoy, y llevaron unos azotes de amigo, con penca sencilla.
Y relacionado con la matanza del cerdo, podemos encontrar que de ahí surgen otras expresiones como «a quien no mata puerco, no le dan morcilla» recogida en 1627 en el Vocabulario de refranes y frases proverbiales de Gonzalo Correas.

martes, 5 de noviembre de 2019

¡A buenas horas, mangas verdes!

Tiene su origen en el cuerpo militar, creado por Isabel La Católica (1476) para perseguir los crímenes cometidos en el mundo rural.
La Santa Hermandad, que así pasó a llamarse, era el producto de unificar las diversas Hermandades de los reinos cristianos. Funcionaban como una corporación de tipo policial, donde había gente armada, y que estaban pagados por los concejos municipales. Este cuerpo, estuvo en vigencia hasta 1834.
Esos soldados vestían de la siguiente forma: un coleto, o chaleco de piel hasta la cintura y con unos faldones que no pasaban de la cadera. El coleto no tenía mangas y, por tanto, dejaba al descubierto las de la camisa, que eran verdes. Popularmente eran conocidos como cuadrilleros, porque iban en cuadrillas, o mangas verdes, debido al color verde de las mangas de su camisa.
Esta "policía rural" fue muy eficaz es sus primeras épocas. Pero como pasa en la actualidad, su eficacia fue decayendo con el paso del tiempo. Por lo que cada vez, se fue haciendo más popular la creencia de que los mangas verdes no llegaban nunca a tiempo, o que cuando aparecían, ya su presencia era innecesaria o poco efectiva. Esta cada vez más común llegada a deshora, fue lo que comenzó a ir haciendo cada vez más común la expresión, en momentos de tardanza o llegada innecesaria.

domingo, 29 de julio de 2018

Ojo por ojo, diente por diente



OJO POR OJO

Esa frase, que hoy parece sinónimo de represalia, tiene origen en el Código de Hammurabi y servía para evitar la venganza ciega y para que fuera el Estado quien la ejerciera.

La expresión completa sería Ojo por ojo, diente por diente. Aparece ya como frase hecha en el Evangelio de San Mateo (5.38): “Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente…” Es la famosa Ley del Talión, siempre mencionada al hablar de una venganza. En realidad, una ley que en su origen supuso un gran progreso, un intento de racionalizar el impulso vengativo tan arraigado en el hombre.

Su primera formulación conocida es más de mil años anterior a su nombre. Aparecía ya entre 284 normas del Código de Hammurabi (s.XVIII a.C.): “Si un hombre destruye un ojo a otro hombre, se le destruirá un ojo”. La pena es réplica exacta al daño, ni más ni menos. Se entiende que la ejecución de la pena corre a cargo del Estado, no se pone en manos del damnificado. La ley venía a limitar la venganza en dos sentidos: ésta no podía ser desproporcionada y pasaba de ser una cuestión personal a una competencia del Estado.

En el Antiguo Testamento, en donde sin duda los lectores del evangelista “has oído que se dijo”, se habla de esta ley (sin nombre todavía) por lo menos en tres libros. En el Éxodo, 21.22-24: “Si en riña de hombres… resultase algún daño, entonces dará vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal”. La gradación decreciente de los daños da qué pensar. Parecidas formulaciones aparecen en el Levítico, 24.17-21, y en el Deuteronomio, 19.21. Siempre manteniendo las dos limitaciones: igualdad del daño y nada de tomarse la justica por su cuenta.

El nombre de Ley del Talión es de origen latino. Su primera formulación conservada en esta lengua está en las venerables Leyes de las Doce Tablas de mediados del s. V a.C. Aparece, concretamente, en un fragmento que se supone pertenece a la tabla VIII: Si membrum rupsit, ni cum eo pacit, talio esto: “Si uno rompe un miembro (a otro), si no pacta con él, sea (castigado) con un (daño) igual”. (De ese talio, en realidad una forma pronominal arcaica, surgió el sustantivo talio, talionis para designar esta ley). La posibilidad de un arreglo (pacto) es otro de los ingredientes de la Ley del Talión, que ya aparecía también en la tradición de la biblia.

En la legislación islámica esta ley recibe el nombre de Qasâs y aparece formulada en una de las aleyas coránicas: “Oh creyentes, se os ha prescrito la Qasâs en casos de homicidio: el libre por el libre, el esclavo por el esclavo, la mujer por la mujer (otra gradación sintomática). Pero si a alguien le rebaja su hermano la pena, deberá indemnizar a éste espontánea y voluntariamente. Esto es un alivio y misericordia por parte de vuestro Señor. Mas quien después se vengue, sufrirá un severo castigo. En la Qasâs tenéis asegurada la vida, hombre de intelecto! ¡Quizás así temáis a Allah! (Corán 2: 178-179).

Una herencia maldita

Más de mil años separan una de otra estas tres formulaciones. Lo que en su día fue un hito en la superación de la barbarie (la de los pastores amorreos en el caso de Hammurabi, la de los agrestes latinos en el de las Doce Tablas, la de los nómadas beduinos en el del Corán), fue superado y archivado por el Derecho grecorromano. Aunque no en todas partes. La Ley del Talión sigue vigente, de facto e incluso de iure, a estas alturas de la Historia, dos mil quinientos años después de Las leyes de Platón. Y no sólo en sociedades marginales (léase las múltiples mafias que pululan por el ancho mundo) sino por parte de Estados respetables, como Arabia Saudí, donde la Corte Suprema condenaba recientemente a un hombre, convicto de haberle roto dos dientes a un vecino en una trifulca, a la pena de dejarse arrancar otros dos en la plaza pública de su ciudad. Se supone que los mismos, y con las técnicas quirúrgicas más modernas. Y ¿qué pensar de la espiral de venganzas diarias en Israel y los territorios palestinos, justificada en nombre de la misma ley, compartida por los dos pueblos hermanos como una herencia sagrada y maldita?

La cosa clama al cielo.


martes, 27 de diciembre de 2016

MÁS PACIENCIA QUE SANTO JOB


Dios permitió que Satanás tentara a su siervo
exterminando a su familia, arruinando su
hacienda, y minando su salud. Todo lo
soportó el santo bíblico, recibiendo al fin
una gran recompensa.

Hablar de la paciencia e, incluso, de la santa paciencia de Job a la hora de describir la capacidad de aguante de alguien, ha venido siendo corriente en todos los ámbitos. Pues hasta no hace mucho este personaje bíblico, considerado el prototipo de la paciencia por antonomasia, como otros muchos de la misma procedencia, resultaba familiar a casi todos. Hoy ya no es así, para mucha gente al menos, sobre todo de las últimas generaciones, incluso entre los católicos confesos. La causa hay que buscarla en los derroteros por los que se ha encaminado la nueva didáctica de la asignatura de Religión en colegios e institutos. Una verdadera lástima.
Job es el protagonista del Libro de Job, uno de los siete libros Sapienciales del Canon bíblico. En este bloque se encuentran las páginas más inspiradas literariamente hablando de toda la Biblia, como los Salmos o el Cantar de los Cantares. No es de extrañar que las obras atrajeran de manera especial el interés de un gigante de la traducción poético como fue Fray Luis de León.
Es Job un personaje atípico de un libro también atípico. Para empezar, ni siquiera era israelita, sino del "país de Hus", "entre los orientales", como dice el propio texto. "En el borde exterior del judaísmo" dice G. Steiner, cuando habla de él en La muerte de la tragedia. La estructura de la breve obra es también extraña. Empieza y acaba como un cuento o, mejor, como un antiguo mito, pero se han introducido en él diversas interpolaciones de contenido teológico y moral sobre el tema de "el sufrimiento del justo" y un largo poema en boca del propio Yavé, una afirmación de su poder con una fuerza poética auténticamente homérica.

Apuesta entre Dios y Satán
Prescindiendo de interpolaciones, esta historia ejemplar puede resumirse: "Había en la tierra de Hus un varón llamado Job, hombre integro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal... Sucedió un día que los hijos de Dios fueron a presentarse ante Yavé, y vino también entre ellos Satán. Y dijo Yavé a Satán: "¿De dónde vienes?". Respondió Satán: "De dar una vuelta por la tierra y pasarme por ella". Y dijo Yavé a Satán: "¿Has reparado en mi siervo Job...?. De ahí surgió una especie de apuesta entre ambos sobre las virtudes de Job. Para probarlas, Dios dio poderes a Satán con tal de que no tocara a Job. Los ladrones, el fuego, los caldeos, un torbellino del desierto y siervos, sin hijos e hijas, Job rasgó sus vestiduras, rasuró su cabeza y se postró en tierra adorando a Dios y bendiciendo su nombre.
Yavé dobló la apuesta y permitió a Satán tocarle en su persona pero respetando su vida. "Le hirió con una úlcera maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza. Rascábase con un tejón y estaba sentado sobre la ceniza. Dijole entonces su mujer: "¿Aún sigues tú aferrado a tu integridad? ¡Maldice a Dios y muérete! Esto sí estuvo a punto de impacientarle. Como cuando le visitaron sus amigos intentando consolarle con sus retóricas morales. Pero mantuvo tenazmente hasta el fin la defensa tanto de su proceder como del de Dios, por incomprensible que le resultara, y éste le premió doblándole el número de ovejas, camellos, yuntas de bueyes, asnas. Tuvo Job otros catorce hijos y tres hijas. Vivió ciento cuarenta años y murió "colmado de días".
No es mera pasividad o sumisión lo que define la actitud de Job, en contra de lo que a veces se da a entender. Bien pensado, quizás más que de la paciencia habría que hablar de la resistencia de Job. Sería chocante, pero no imposible, que el desaparecido C.J. Cela se hubiera inspirado en Job para escoger su epitafio: "El que resiste, gana".


Autor: José Antonio Monge
Revista La Aventura de la Historia
Nº44 año 4
Junio 2002

miércoles, 13 de abril de 2016

Pro domo sua




Significa “barrer para casa” y procede de un discurso de Cicerón tratando de recuperar el solar donde se había asentado su domus.

Acusar a alguien de “hablar o actuar pro domo sua” es una manera fina de decir que lo hace "barriendo para casa”, defendiendo, más o menos descaradamente, sus propios intereses. Se emplea en un contexto en que el “acusado” no actúa en la esfera privada, en la que eso sería lo natural y legítimo, sino en la pública, donde se supone que debería defender los intereses colectivos que dice representar. Se trata de un tipo de conducta que se da con frecuencia en el ámbito de la política, pero no en exclusiva. Pensemos, por ejemplo, en casos escandalosos protagonizados por conocidos banqueros o por propietarios de club de fútbol o de medios de comunicación, incluso por magistrados y jueces decanas.

En sentido estricto, la expresión debería emplearse más a propósito del hablar que del actuar, pues se deriva del título de un famoso discurso de Cicerón, pronunciado en el año 57 a.C. a la vuelta del destierro a que había sido condenado el año anterior. La pena de destierro, tan frecuente en los casos de delito político en la antigua Roma, llevaba aparejada la de la confiscación de los bienes. La lujosa casa (domus) de Cicerón sobre el Palatino, la zona más cotizada de Roma y con mejores vistas, había sido además arrasada y en el solar se había levantado un templo a la Libertad, quedando convertida, por tanto, en un lugar sagrado.

Como paso previo a su recuperación. Cicerón debía conseguir que el poderoso Colegio de los Pontífices anulara esa consagración. El discurso pronunciado en esta ocasión se conserva con el título De domosua. La expresión  de que hablamos hoy cambia la preposición original (de, “acerca de”) por la preposición con la que empezaban los títulos de los discursos “judiciales” de defensa (pro, “en defensa de”). El hecho de que la mayoría de los discursos de Cicerón son de este último tipo explica la confusión. Pero en realidad el pronunciado ante los Pontífices es una mezcla de discurso “deliberativo” (plantea una cuestión jurídico-religiosa) y “epideíctico” (dedica una buena parte a alabar sus méritos y a vituperar a sus enemigos).

Los enemigos que Cicerón se había granjeado a lo largo de su fulgurante carrera como abogado y político eran muchos y, sobre todo, muy poderosos. Su opción y adopción por el bando senatorial habían atraído sobre él la hostilidad del partido popular, y decir César. Bajo la inspiración de César y con el refuerzo económico de Craso este partido iba camino de convertirse en la verdadera fuerza política de Roma.

Antes de lanzarse de lleno a por el poder, los dos futuros triunviros (si no de iure de facto), empezaron a mover sus peone. Uno de ellos, y muy mal escogido por cierto, fue Catilina. Cicerón tuvo la mala suerte de que este motivo chocara frontalmente con él. No tuvo más remedio que apechugar con ello y resolverlo de la manera brillante y expeditiva que todos conocemos. Una de las medidas que tomó, a instancias del Senado, fue mandar ajusticiar a los cabecillas de lo que podríamos llamar la “trama civil” de la famosa conjuración. Este hecho del que había sido un mero ejecutor y con el que culminó su consulado en el 63 a.C., sería la causa su destierro. Acusado de haber conculcado una ley del tiempo de los Gracos, que prohibía condenar a un ciudadano sin que mediase un juicio  popular, otro peón de César, tan impresentable como el anterior, el tribuno de la plebe. Publio Clodio, no paró hasta que consiguió, ya en el 58, una orden de destierro para el excónsul. Así cicerón de ser el “padre y salvador de la patria” pasó a ser un apestado durante el año y medio que duró su exilio, del que volvería en olor de multitudes. Pero, aunque recuperó en casa, su carrera política había quedado ya sentenciada.

Todo este enrevesado episodio, decisivo en la vida de Cicerón e interesantísimo para el conocimiento de los tejemanejes de la política romana en la época más turbulenta de su historia, está ampliamente recogido en la biografía de Cicerón escrita por Plutarco en sus Vidas paralelas y en la Correspondencia del propio Cicerón, quien, en su huida por las distintas etapas del destierro (brindisi, Durres, Tesalónica), no paró de enviar a sus corresponsales habituales (su amigo y alter ego Ático, su qeurida esposa Terencia) epístolas angustiosas, lastimeras, expectantes, como es natural y acostumbrado en la literatura del exilio.



Fuente: José Antonio Monge

La Aventura de la HISTORIA

Nº12 Octubre 1999

martes, 12 de abril de 2016

Et in Arcadia ego


Estar en la Arcadia significaba hallarse dentro de la utopía de un mundo de belleza y felicidad, pero el mundo barroco la convirtió en expresión del triunfo de la muerte sobre paraísos ficticios.


Pero entonces la muerte no era más que una sombra ominosa, una perspectiva tan siniestra como retórica, la calavera en el festín delicioso de los días azules que gruñe castañeteando las descarnadas mandíbulas et in Arcadia Ego (Sabater, Memorias).

La traducción literal de Et in arcadía,¸ ego sería Yo también en Arcadia. Se trata de una frase enigmática, pues se desconoce su fuente exacta y tiene una interpretación ambigua. En una época se interpretó como la utopía tras la que se halla el imperio de la muerte y, en otra, como un mundo de felicidad y belleza.

Arcadia es un región de Grecia, en el interior del Peloponeso, montañosa y atravesada por algunos riachuelos, el más importante, el Alfeo, de resonancias mitológicas. Desde antiguo se relaciona el nombre de esta región con el lugar ideal en que se desenvolvían los personajes de la literatura bucólica o pastoril (boúkolos, es pastor de bueyes en griego).

No deja de ser chocante que se situara aquí el lucos amoenus ideal de esta literatura caracterizada por la dulzura, la ociosidad y la belleza, ya que en la realidad Arcadia es una región agreste, dura, aislada; una zona pobre, sin ciudades importantes, prácticamente al margen de las corriente histórica y cultural de los demás griegos, con una economía basada en el pastoreo, eso sí, pero la vida de los pastores reales tiene poco de bucólica.



Idealización literaria

¿De dónde le venía, pues, esa fama a la Arcadía? No de la realidad sino de la literatura romana. “Virgilio fue el descubridor de la Arcadia, la tierra idealizada de la vida campestre”, dirá sabiamente Highet, en La tradición clásica. El padre de la poesía bucólica, el alejandrino-siciliano Teocrito (s. III a.C.) sitúa sus Idilios en Sicilia. Su seguidor, el joven Virgilio, escoge para sus Églogas el escenario siciliano o su tierra natal, Mantua. Pero en dos de ellas, la VII y la X, presenta a unos pastores “de Arcadia”, “Arcades, maestros incomparables en el arte de cantar”, y eso que el paisaje responde al del Norte de Italia.

La Arcadia de Virgilio es, pues, una especie de utopía. No es un sitio, sino un modo de vivir. Es el mundo de los pastores cantores y poetas. Pero, a partir del Renacimiento, la Arcadia será ya la patria de la literatura pastoril y dará título a la obra más representativa del género, La Arcadia de Sannazaro, (1503), del que lo toma prestado nuestro Lope de Vega.

En la época barroca, dándole al tópico una vuelta de tuerca, aparece la expresión Et in Arcadia ego, pero no en el campo de la literatura sino en la pintura, con un sentido muy próximo a la omnipresente vanitas, la afirmación del imperio universal de la muerte, del que no se puede uno refugiar en paraísos ficticios. Et in Arcadia ego sería el grito de triunfo de la muerte sobre la frivolidad, una muerte presente en el cuadro, en forma de calavera, contemplada por dos pastores atónitos (El Guercino 1618), o en forma de tumba, en uno de cuyos lados aparece grabada la expresión que un grupo de pastores muestra al observador (Poussin, dos versiones, 1630 y 1655).

De este sentido teológico y lúgubre, típicamente barroco, la expresión pasó a tener uno muy distinto en la época de los viajeros románticos, alemanes sobre todo, para quienes la visita al Sur de Italia, la Magna Grecia, les hacía presumir de que también ellos habían estado en la Arcadia… la virgiliana, por su puesto. Goethe, sin ir más lejos, pone la frase como lema bajo el título de su Viaje a Italia, con el sentido de “en un mundo de belleza”.

Este último sentido, más superficial y fácil, es el que suele darse hoy a la expresión Et in Arcadia ego, aunque el original sea el otro. Así de laberíntica puede llegar a ser la pista de muchas expresiones y de muchas palabras. Eso es lo que hace que resulte divertido perseguirla.

lunes, 16 de enero de 2012

Condenado al ostracismo

Se define como la perdida de una posición, cargo o puesto y proviene de la medida que adoptaban los griegos, condenados al destierro a los cargos públicos que abusaban de sus poderes. 
Estar o verse condenado al ostracismo puede ocurrirle a cualquiera. Un cambio político, una absorción empresarial, una pérdida de la mayoría en un departamento universitario o en una asociación de cualquier tipo, una caída en desgracia, y de la noche a la mañana se queda uno fuera de juego, apartado, ningueado, al menos temporalmente. Esa es la condena al ostracismo: justa, injusta, lógica, absurda, siempre deprimente.
El origen de esta expresión está en una de las leyes que componían lo que hoy se llamaría paquete de medidas que la Asamblea ateniense promulgó a instancias de Clístenes cuando se acabó con la tiranía de Prisistato y de su hijo Hipías, a finales del siglo VI a.C. La ley establecía la pena de destierro para aquellos políticos que fueran encontrados de acumular un exceso de poder.
El término ostracismo procede de la mecánica de esa condena, que se realizaba mediante votación. En esta se empleaba un curioso tipo de papeleta: un trozo de vasija de barro. Por analogía, estos trozos reciben en griego el nombre de óstraca (literalmente conchas). En el Ágora de Atenas debía de haberlas para dar y tomar, pues estaba al lado del barrio de los alfareros, el famoso Cerámico, situado al pie de la Acrópolis. Una vez al año se planteaba en una sesión ordinaria de la Asamblea (Ecclesía) la cuestión del ostracismo. Los ciudadanos grababan en los óstraca, con cualquier objeto punzante, el nombre del que consideraban merecedor del castigo. Para condena se necesitaban 6000 votos aproximadamente los dos tercios del censo de ciudadanos (politai).
Grandes protagonistas de la historia de Atenas sufrieron esta condena, como Aristides, Temístocles y Cimón. 
A propósito de la condena de Arístides (hacía 484 a.C.) cuenta Plutarco una anécdota muy ilustrativa: Estaban en la operación de escribir las conchas, cuando se dice que un hombre del campo, que no sabía escribir, le alcanzó una a Arístides, a quien casualmente tenía al lado, y le encargó que escribiese Aristides; y como éste se  sorprendiese y le preguntase si le había hecho algún agravio:"Ninguno -respondió-, ni siguiera le conozco, pero ya estoy fastidiado de oír continuamente que le llaman el justo". Oído esto, Arístides nada le contesto y escribió su nombre en la concha y se la devolvió. 
Primera vez que se aplica la ley relativa al ostracismo, fue dos años después de la Victoria de Maratón (490 a.C.); a un pariente de Prisístato.