Estar
en la Arcadia significaba hallarse dentro de la utopía de un mundo de belleza y
felicidad, pero el mundo barroco la convirtió en expresión del triunfo de la
muerte sobre paraísos ficticios.
Pero
entonces la muerte no era más que una
sombra ominosa, una perspectiva tan siniestra como retórica, la calavera en el
festín delicioso de los días azules que gruñe castañeteando las descarnadas mandíbulas
et in Arcadia Ego (Sabater, Memorias).
La
traducción literal de Et in arcadía,¸ ego sería Yo también en Arcadia.
Se trata de una frase enigmática, pues se desconoce su fuente exacta y tiene
una interpretación ambigua. En una época se interpretó como la utopía tras la
que se halla el imperio de la muerte y, en otra, como un mundo de felicidad y
belleza.
Arcadia
es un región de Grecia, en el interior del Peloponeso, montañosa y atravesada
por algunos riachuelos, el más importante, el Alfeo, de resonancias
mitológicas. Desde antiguo se relaciona el nombre de esta región con el lugar
ideal en que se desenvolvían los personajes de la literatura bucólica o
pastoril (boúkolos, es pastor de bueyes en griego).
No deja
de ser chocante que se situara aquí el lucos amoenus ideal de esta
literatura caracterizada por la dulzura, la ociosidad y la belleza, ya que en
la realidad Arcadia es una región agreste, dura, aislada; una zona pobre, sin
ciudades importantes, prácticamente al margen de las corriente histórica y
cultural de los demás griegos, con una economía basada en el pastoreo, eso sí,
pero la vida de los pastores reales tiene poco de bucólica.
Idealización literaria
¿De dónde
le venía, pues, esa fama a la Arcadía? No de la realidad sino de la literatura
romana. “Virgilio fue el descubridor de la Arcadia, la tierra idealizada de la
vida campestre”, dirá sabiamente Highet, en La tradición clásica. El padre
de la poesía bucólica, el alejandrino-siciliano Teocrito (s. III a.C.) sitúa
sus Idilios en Sicilia. Su seguidor, el joven Virgilio, escoge para sus Églogas
el escenario siciliano o su tierra natal, Mantua. Pero en dos de ellas, la VII
y la X, presenta a unos pastores “de Arcadia”, “Arcades, maestros incomparables
en el arte de cantar”, y eso que el paisaje responde al del Norte de Italia.
La
Arcadia de Virgilio es, pues, una especie de utopía. No es un sitio, sino un
modo de vivir. Es el mundo de los pastores cantores y poetas. Pero, a partir
del Renacimiento, la Arcadia será ya la patria de la literatura pastoril y dará
título a la obra más representativa del género, La Arcadia de Sannazaro,
(1503), del que lo toma prestado nuestro Lope de Vega.
En la
época barroca, dándole al tópico una vuelta de tuerca, aparece la expresión Et
in Arcadia ego, pero no en el campo de la literatura sino en la pintura,
con un sentido muy próximo a la omnipresente vanitas, la afirmación del
imperio universal de la muerte, del que no se puede uno refugiar en paraísos
ficticios. Et in Arcadia ego sería el grito de triunfo de la muerte
sobre la frivolidad, una muerte presente en el cuadro, en forma de calavera,
contemplada por dos pastores atónitos (El Guercino 1618), o en forma de tumba,
en uno de cuyos lados aparece grabada la expresión que un grupo de pastores
muestra al observador (Poussin, dos versiones, 1630 y 1655).
De este
sentido teológico y lúgubre, típicamente barroco, la expresión pasó a tener uno
muy distinto en la época de los viajeros románticos, alemanes sobre todo, para
quienes la visita al Sur de Italia, la Magna Grecia, les hacía presumir de que
también ellos habían estado en la Arcadia… la virgiliana, por su puesto.
Goethe, sin ir más lejos, pone la frase como lema bajo el título de su Viaje
a Italia, con el sentido de “en un mundo de belleza”.
Este
último sentido, más superficial y fácil, es el que suele darse hoy a la
expresión Et in Arcadia ego, aunque el original sea el otro. Así de
laberíntica puede llegar a ser la pista de muchas expresiones y de muchas
palabras. Eso es lo que hace que resulte divertido perseguirla.

No hay comentarios:
Publicar un comentario