martes, 12 de abril de 2016

Et in Arcadia ego


Estar en la Arcadia significaba hallarse dentro de la utopía de un mundo de belleza y felicidad, pero el mundo barroco la convirtió en expresión del triunfo de la muerte sobre paraísos ficticios.


Pero entonces la muerte no era más que una sombra ominosa, una perspectiva tan siniestra como retórica, la calavera en el festín delicioso de los días azules que gruñe castañeteando las descarnadas mandíbulas et in Arcadia Ego (Sabater, Memorias).

La traducción literal de Et in arcadía,¸ ego sería Yo también en Arcadia. Se trata de una frase enigmática, pues se desconoce su fuente exacta y tiene una interpretación ambigua. En una época se interpretó como la utopía tras la que se halla el imperio de la muerte y, en otra, como un mundo de felicidad y belleza.

Arcadia es un región de Grecia, en el interior del Peloponeso, montañosa y atravesada por algunos riachuelos, el más importante, el Alfeo, de resonancias mitológicas. Desde antiguo se relaciona el nombre de esta región con el lugar ideal en que se desenvolvían los personajes de la literatura bucólica o pastoril (boúkolos, es pastor de bueyes en griego).

No deja de ser chocante que se situara aquí el lucos amoenus ideal de esta literatura caracterizada por la dulzura, la ociosidad y la belleza, ya que en la realidad Arcadia es una región agreste, dura, aislada; una zona pobre, sin ciudades importantes, prácticamente al margen de las corriente histórica y cultural de los demás griegos, con una economía basada en el pastoreo, eso sí, pero la vida de los pastores reales tiene poco de bucólica.



Idealización literaria

¿De dónde le venía, pues, esa fama a la Arcadía? No de la realidad sino de la literatura romana. “Virgilio fue el descubridor de la Arcadia, la tierra idealizada de la vida campestre”, dirá sabiamente Highet, en La tradición clásica. El padre de la poesía bucólica, el alejandrino-siciliano Teocrito (s. III a.C.) sitúa sus Idilios en Sicilia. Su seguidor, el joven Virgilio, escoge para sus Églogas el escenario siciliano o su tierra natal, Mantua. Pero en dos de ellas, la VII y la X, presenta a unos pastores “de Arcadia”, “Arcades, maestros incomparables en el arte de cantar”, y eso que el paisaje responde al del Norte de Italia.

La Arcadia de Virgilio es, pues, una especie de utopía. No es un sitio, sino un modo de vivir. Es el mundo de los pastores cantores y poetas. Pero, a partir del Renacimiento, la Arcadia será ya la patria de la literatura pastoril y dará título a la obra más representativa del género, La Arcadia de Sannazaro, (1503), del que lo toma prestado nuestro Lope de Vega.

En la época barroca, dándole al tópico una vuelta de tuerca, aparece la expresión Et in Arcadia ego, pero no en el campo de la literatura sino en la pintura, con un sentido muy próximo a la omnipresente vanitas, la afirmación del imperio universal de la muerte, del que no se puede uno refugiar en paraísos ficticios. Et in Arcadia ego sería el grito de triunfo de la muerte sobre la frivolidad, una muerte presente en el cuadro, en forma de calavera, contemplada por dos pastores atónitos (El Guercino 1618), o en forma de tumba, en uno de cuyos lados aparece grabada la expresión que un grupo de pastores muestra al observador (Poussin, dos versiones, 1630 y 1655).

De este sentido teológico y lúgubre, típicamente barroco, la expresión pasó a tener uno muy distinto en la época de los viajeros románticos, alemanes sobre todo, para quienes la visita al Sur de Italia, la Magna Grecia, les hacía presumir de que también ellos habían estado en la Arcadia… la virgiliana, por su puesto. Goethe, sin ir más lejos, pone la frase como lema bajo el título de su Viaje a Italia, con el sentido de “en un mundo de belleza”.

Este último sentido, más superficial y fácil, es el que suele darse hoy a la expresión Et in Arcadia ego, aunque el original sea el otro. Así de laberíntica puede llegar a ser la pista de muchas expresiones y de muchas palabras. Eso es lo que hace que resulte divertido perseguirla.

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