Significa
“barrer para casa” y procede de un discurso de Cicerón tratando de recuperar el
solar donde se había asentado su domus.
Acusar
a alguien de “hablar o actuar pro domo sua” es una manera fina de decir que lo
hace "barriendo para casa”, defendiendo, más o menos descaradamente, sus
propios intereses. Se emplea en un contexto en que el “acusado” no actúa en la
esfera privada, en la que eso sería lo natural y legítimo, sino en la pública,
donde se supone que debería defender los intereses colectivos que dice
representar. Se trata de un tipo de conducta que se da con frecuencia en el
ámbito de la política, pero no en exclusiva. Pensemos, por ejemplo, en casos
escandalosos protagonizados por conocidos banqueros o por propietarios de club
de fútbol o de medios de comunicación, incluso por magistrados y jueces
decanas.
En
sentido estricto, la expresión debería emplearse más a propósito del hablar que
del actuar, pues se deriva del título de un famoso discurso de Cicerón,
pronunciado en el año 57 a.C. a la vuelta del destierro a que había sido
condenado el año anterior. La pena de destierro, tan frecuente en los casos de
delito político en la antigua Roma, llevaba aparejada la de la confiscación de
los bienes. La lujosa casa (domus) de Cicerón sobre el Palatino, la zona
más cotizada de Roma y con mejores vistas, había sido además arrasada y en el
solar se había levantado un templo a la Libertad, quedando convertida, por
tanto, en un lugar sagrado.
Como
paso previo a su recuperación. Cicerón debía conseguir que el poderoso Colegio
de los Pontífices anulara esa consagración. El discurso pronunciado en esta
ocasión se conserva con el título De domosua. La expresión de que hablamos hoy cambia la preposición
original (de, “acerca de”) por la preposición con la que empezaban los títulos
de los discursos “judiciales” de defensa (pro, “en defensa de”). El hecho de
que la mayoría de los discursos de Cicerón son de este último tipo explica la
confusión. Pero en realidad el pronunciado ante los Pontífices es una mezcla de
discurso “deliberativo” (plantea una cuestión jurídico-religiosa) y “epideíctico”
(dedica una buena parte a alabar sus méritos y a vituperar a sus enemigos).
Los
enemigos que Cicerón se había granjeado a lo largo de su fulgurante carrera
como abogado y político eran muchos y, sobre todo, muy poderosos. Su opción y
adopción por el bando senatorial habían atraído sobre él la hostilidad del
partido popular, y decir César. Bajo la inspiración de César y con el refuerzo
económico de Craso este partido iba camino de convertirse en la verdadera
fuerza política de Roma.
Antes
de lanzarse de lleno a por el poder, los dos futuros triunviros (si no de
iure sí de facto), empezaron a mover sus peone. Uno de ellos, y muy
mal escogido por cierto, fue Catilina. Cicerón tuvo la mala suerte de que este
motivo chocara frontalmente con él. No tuvo más remedio que apechugar con ello
y resolverlo de la manera brillante y expeditiva que todos conocemos. Una de
las medidas que tomó, a instancias del Senado, fue mandar ajusticiar a los
cabecillas de lo que podríamos llamar la “trama civil” de la famosa
conjuración. Este hecho del que había sido un mero ejecutor y con el que culminó
su consulado en el 63 a.C., sería la causa su destierro. Acusado de haber
conculcado una ley del tiempo de los Gracos, que prohibía condenar a un
ciudadano sin que mediase un juicio
popular, otro peón de César, tan impresentable como el anterior, el
tribuno de la plebe. Publio Clodio, no paró hasta que consiguió, ya en el 58,
una orden de destierro para el excónsul. Así cicerón de ser el “padre y
salvador de la patria” pasó a ser un apestado durante el año y medio que duró
su exilio, del que volvería en olor de multitudes. Pero, aunque recuperó en
casa, su carrera política había quedado ya sentenciada.
Todo
este enrevesado episodio, decisivo en la vida de Cicerón e interesantísimo para
el conocimiento de los tejemanejes de la política romana en la época más turbulenta
de su historia, está ampliamente recogido en la biografía de Cicerón escrita
por Plutarco en sus Vidas paralelas y en la Correspondencia del
propio Cicerón, quien, en su huida por las distintas etapas del destierro (brindisi,
Durres, Tesalónica), no paró de enviar a sus corresponsales habituales (su
amigo y alter ego Ático, su qeurida esposa Terencia) epístolas
angustiosas, lastimeras, expectantes, como es natural y acostumbrado en la literatura
del exilio.
Fuente: José
Antonio Monge
La Aventura de la HISTORIA
Nº12 Octubre 1999

